La publicación del último estudio GEM España sigue poniendo de manifiesto que, a pesar de que en los últimos 2 años la tasa de actividad emprendedora (TEA)(*) de la población española ha crecido desde el 5,2 al 6,2, la realidad del emprendimiento en el Estado es sensiblemente inferior a la de la mayoría de las economías basadas en el conocimiento, situándose por debajo de la mitad de las tasas de Estados Unidos (13,6), Israel (12,8) y de la UE-28 (7,8), aunque por encima de la de Japón (4,7).

Quiero centrarme en este artículo sobre todo en la fase previa al emprendimiento, es decir, en las percepciones, valores y aptitudes que manifiesta la población adulta en relación al hecho de emprender, y en particular en las diferencias respecto a los países antes mencionados.


Como se puede apreciar en la tabla, hay factores sociales que influyen de forma determinante en esta menor propensión emprendedora. No se trata, en contra de lo que podría parecer, de un déficit de conocimientos y habilidades para emprender, aspecto en el cual España se sitúa en una posición similar a la Unión Europea e Israel, aunque casi 10 puntos por debajo de Estados Unidos. Si nos comparamos con este país, observamos que su percepción de las oportunidades de emprendimiento es de más del doble (64% frente a 32%), a la vez que la percepción de la oportunidad profesional que supone el emprendimiento es superior en 9 puntos, la del estatus social y económico en 28, y la del impulso que los medios de comunicación realizan en favor del emprendimiento en 15 puntos. Además, el miedo al fracaso se sitúa en Estados Unidos 10 puntos por debajo del caso español.

Curiosamente, el único elemento en el que España se sitúa por encima de Estados Unidos es en el de la apuesta por la equidad en los estándares de vida de la sociedad. ¿Quiere esto decir que existe entre la población española una percepción de que el emprendimiento va en contra de la lucha por la equidad? Creo que no, aunque seguramente habrá una corriente minoritaria de personas que así lo piensen. Pero sí es posible que culturalmente tengamos una mayor propensión a los “altos ideales”, pero no basados tanto en su dimensión de “construcción” sino en la de “derechos”. Porque emprender supone, sin duda, actuar, responsabilizarse de su propio desarrollo profesional para construir sociedad, y es algo en lo que evidentemente estamos bastante alejados de la realidad de los países a los que antes hacía referencia.

Al terminar quisiera hacer una breve referencia a la percepción sobre las condiciones del entorno para emprender, en este caso proveniente de personas expertas. De acuerdo a estas personas, se mantiene una adecuada oferta de infraestructura física y de servicios y de programas públicos de apoyo al emprendimiento, y se sigue avanzando en la educación y formación emprendedora en la etapa post-escolar. Sin embargo, aspectos fundamentales para el emprendimiento, como el acceso a la financiación y la transferencia de I+D, se siguen situando en niveles medios o medio-bajos. Destacan por su valoración negativa las barreras de acceso al mercado interno (incluso con evolución negativa respecto al anterior estudio), las barreras burocráticas y la educación y formación emprendedora en la etapa escolar. Es evidente que todavía nos queda mucho por hacer.


(*) La TEA representa el porcentaje de personas que en un territorio están involucradas en actividades de emprendimiento en una fase inicial de la creación de una empresa (hasta 3,5 años), incluyendo la suma del porcentaje de personas emprendedoras nacientes que están poniendo en marcha una empresa en la que se ha invertido tiempo y esfuerzo para su creación, pero que no ha pagado salarios por más de 3 meses, y del porcentaje de personas emprendedoras nuevas que poseen un negocio que ha pagado salarios por más de 3 meses y no más de 42 meses, y que, por lo tanto, no se ha consolidado.

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